Salía
cada día a las ocho menos veinte de la mañana. Hacía unos cuatro meses
que seguía la misma rutina: me ponía en pie a las siete menos cuarto,
micción ritual con los ojos cerrados tratando de recordar detalles de
algún sueño, lavado de cara, desayuno a base de fruta y café, cepillado
de dientes con frotamiento de lengua, ducha, peinado, elección de bolso,
verificación del contenido del mismo y a la calle, a las ocho menos
veinte. Andar hasta la oficina, los mismos semáforos, los mismos pasos
de cebra, los mismos escasos vecinos madrugadores, los mismos tenderos
abriendo sus tiendas, los mismos amos sacando a sus perros, la misma
mujer en el mismo punto del camino a la misma hora cada mañana.
Me
cruzaba con ella a la altura del colegio Picasso, a lo largo del muro,
un día más allá, junto a la puerta del Conservatorio, otro día más cerca
de la entrada de vehículos, con menos frecuencia atravesando la calle
de Santa Elena, yo en dirección al puente de las Américas, ella hacia
algún lugar que yo desconocía. Nos mirábamos al pasar una junto a la
otra, sólo eso, nos reconocíamos sin dirigirnos un saludo, ni siquiera
un ligero movimiento de cabeza ni de cejas, nos mirábamos de forma aparentemente
imperceptible, como al descuido, aunque a mí me parecía reconocerla
no por todas esas mañanas en que nuestras obligaciones nos obligaban
a reencontrarnos, había algo en ella que me hacía creer que ya la conocía
desde mucho antes.
Más
o menos llevábamos cuatro meses de esta manera cuando, por un accidente
que sufrí en casa (un resbalón en la ducha con el consiguiente golpe
en la cabeza, puedo decir que afortunado, ya que no quedé inconsciente
aunque sí con unas jaquecas que me duraron todo el día) salí de ella
cinco minutos más tarde. Por supuesto, la mujer ya había avanzado bastante
en su camino y me crucé con ella bajando por la avenida de Barcelona,
ella subía. Su mirada, al encontrarse con la mía, reflejó la misma indiferencia
que de costumbre. Supongo que también yo la miré con igual abandono,
pero un instante después, justo cuando ya la tuve a mi espalda, decidí
que en días posteriores le seguiría la pista, pues era obvio que nuestros
trayectos coincidían de forma considerable.
A
partir del día siguiente retrasé un minuto más la salida de mi casa
para tener una mejor idea acerca de su destino. Me divirtió la idea
de lo difícil y absurdo que resulta seguir a alguien en sentido contrario
al que en cualquier persecución es habitual, de frente al objetivo y
no a la espalda del mismo como debe ser. Sería una persecución metódica,
no lineal, segmentada en intervalos de retraso de un minuto cada veinticuatro
horas. Como ya me había cruzado con ella a los cinco minutos de mi salida
de casa, calculé que me bastaba con cinco días, en el peor de los casos,
para obtener la máxima aproximación posible a su meta, aunque supuse
que alguno de estos días ella se desviaría por alguna calle que no estuviera
en mi ruta. Se metería por la calle Carboneros, o Churruca o la Trinidad
y ya me quedaría sin saber a qué sitio exacto se dirigía cada mañana,
pero con eso me conformaba: sólo quería conocer en qué punto se separaban
nuestros destinos enfrentados, por poner a esto algún nombre.
Empecé
un lunes, y el jueves (ya había retrasado cuatro minutos mi salida además
de los otros cinco de mi caída en la ducha) salí de casa a las ocho
menos once y coincidí con ella en mi propia calle, me miró como siempre
y continuó su camino. Al final de la calle me detuve y me volví, la
vi detenerse ante el portal de mi casa, sacó unas llaves y entró. Me
pregunté cómo siendo mi vecina nunca nos habíamos encontrado en un bloque
con tan pocos habitantes, al día siguiente me retrasé otro minuto y
al abrir la puerta de mi piso ella entró. Nos dirigimos las acostumbradas
miradas de reconocimiento. Yo cerré la puerta dejándola dentro de la
casa. En el portal esperé unos momentos y volví a entrar. Las luces
estaban encendidas, recorrí el pasillo hacia mi dormitorio. Ella estaba
desnudándose, al asomarme al cuarto me miró con la misma mirada de todos
los días y continuó desnudándose. Abrió el armario, se puso el pijama
con el que yo había dormido hasta una hora antes. Me hice a un lado
cuando advertí que iba a salir del cuarto, la seguí hasta la cocina,
abrió la nevera, se hizo una ensalada y en la misma cocina se la comió
de pie, luego lavó la vajilla, incluida la que yo dejé sucia un rato
antes, fue al baño y orinó, se cepilló los dientes con mi cepillo, se
puso en la cara unas cremas y salió hacia el dormitorio apagando tranquilamente
todas las luces a su paso, se metió en la cama, cogió de la mesita de
noche el libro que yo estaba leyendo, lo abrió por la página que yo
tenía señalada y empezó a leer. Agarré una silla y me senté junto a
la puerta del dormitorio. No me miró ni una sola vez, al cabo de una
hora cerró el libro y apagó la luz. Pude contemplar el bulto bajo las
sábanas porque ya era pleno día pero no había nada que ver, durante
un par de horas sólo la vi dormir, de vez en cuando se agitaba, en un
momento dado pareció llorar, después se calmó y, poco después, oí un
roce en la sábana y un gemido débil y repetido. Retiré la silla donde
me sentaba y me fui a la oficina.
Fue
extraño ir a la oficina a mediodía y más extraño aún no volver a encontrarme
con ella en los alrededores del colegio Picasso. Salí muy tarde de la
oficina y tuve miedo de volver a casa. Se me hizo de noche y estuve
vagabundeando por la ciudad, me cerraron todos los bares y acabé echando
unas cabezaditas en la estación de autobuses, hubo alguno que me echó
de un banco diciendo que era su banco de todas las noches. No me importaba,
me tumbaba en otro banco y ya está, me sentía bien, como si me hubiera
liberado de algo aunque también como si algo distinto me esclavizara.
Desperté al amanecer y eché a andar hacia casa, crucé el puente de las
Américas en sentido contrario al de todas las mañanas, cinco minutos
después pasé por la entrada del colegio Picasso, justo a tiempo para
cruzarme con ella y mirarnos con indiferencia.