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EL RUIDO

A Guillermo era el ruido lo que más le importaba para decidirse a comprar el piso. Si lo compró fue porque los dueños le aseguraron que en el portal sólo habitaban personas muy tranquilas, la mayoría de ellas de avanzada edad. Cuando visitó el inmueble antes de la compra, incluso golpeó con los nudillos las cuatro paredes del dormitorio para convencerse de la calidad de la construcción.
La primera noche que durmió allí, agotado de tanto desembalar cajas y del mucho limpiar, lo celebró con una pizza que le trajeron al domicilio, acompañada de una buena copa de Rioja. Se tumbó desnudo sobre la cama y, a pesar del calor, no tardó en notar cómo el sueño le vencía. En el momento que empezó a caer en la inconsciencia, oyó muy claramente una voz

¡Raca!

y abrió los ojos asustado. Fue una voz masculina aunque más bien aguda, y sonó muy cerca, sin obstáculos aparentes entre ella y el oído de Guillermo. Saltó de la cama y encendió la luz. Aún no había armarios en la habitación ni más muebles que la misma cama. Guillermo miró en la dirección de donde parecía haber surgido la voz y no vio más que la pared recién pintada que corría paralela al borde derecho de la cama si la miramos desde los pies, que es donde, durante un buen rato, estuvo Guillermo sentado y mirando inmóvil un punto fijo en la pared. Esperaba volver a oír la voz pero pasaron unos minutos y ésta no se reprodujo, de modo que Guillermo fue hacia la pared y, a la altura del punto posiblemente fuente de la voz, aplicó el oído. Nada se oyó más que el latido de su propio corazón. Maldiciendo en silencio, golpeó la pared con el puño cerrado sin separar la oreja del tabique, pero no hubo más reacción que la de su propio cuerpo estremeciéndose. Sintiéndose presa de una violencia creciente, calculando al mismo tiempo las probabilidades que tenía para abandonar la casa y los modos posibles de ejecutar su venganza contra los antiguos dueños estafadores, propinó un fuerte golpe a la pared y gritó ¡Raca! Pegó el oído y ante la falta de respuesta gritó ¡Raca, raca, vecino!, y se tiró a la cama murmurando insultos y maldiciones.

Tardó mucho en volver al momento maravilloso que precede al sueño. Su cabeza era una locomotora alimentada con el carbón de la furia y el resentimiento. Afinaba el oído y, si tuviera antena, se diría que la desplegaba hacia el punto maldito de la pared. Nada se volvió a oír hasta que de repente y ya extenuado le alcanzó el sueño y desde la pared se oyó

¡Raca!

Guillermo se levantó de un golpe y, en un primer momento, estuvo a punto de volver a aplicar el oído a la pared, pues muy seguro estaba ya del punto de donde provenía la voz, pero en lugar de eso golpeó el tabique y gritó ¡Raca! ¡¿Raca de qué, imbécil?! ¡¿Raca de qué?! ¡A callarse que es tarde!? Como no obtuvo respuesta, se volvió a acostar, convencido de que en algún momento el vecino se aburriría de su estúpida broma, y decidido a visitarlo a la mañana siguiente. Se hizo la promesa de no volver a contestar a las burlas del otro, lo que permitió a su ánimo relajarse pronto y a su espíritu abrirse a la venida del sueño, que al llegar vino acompañado

¡Raca!

pero Guillermo no se dejó arrastrar por la provocación. Tan rendido estaba que definitivamente durmió, y ningún ruido pudo despertarle.

En cuanto se levantó tomó un café para armarse del valor que necesitaba para ir a la casa del vecino. Nadie abrió la puerta por mucho que la aporreara, no se oía nada detrás de ella, y Guillermo, por si el gracioso noctámbulo se estaba riendo de él al otro lado de la mirilla, se atrevió a ironizar, aunque en voz baja para no ser oído por otros vecinos de la planta, Señor Raca, ¿tiene usted la amabilidad de abrir su puerta?. Ninguna respuesta. Por allí al final del pasillo se abrió una puerta y por ella salió una señora con carrito de compras. Al pasar junto a él le preguntó Guillermo por los vecinos ante cuya puerta estaban y la señora le dijo que se habían ido una semana antes, que mejor preguntase al portero. El portero lo confirmó y además proporcionó a Guillermo el número de teléfono del verdadero propietario, quien al parecer había puesto el piso en alquiler. La misma tarde pudo Guillermo ver al propietario y su primera pregunta fue si tenía inquilinos en el piso. No era así. Le preguntó si había prestado el piso a algún familiar. No era así. Le preguntó si era posible que algún inquilino anterior se hubiera quedado con la llave del piso y ahora la estuviera usando para esconder en él alguna actividad ilícita. El propietario se alarmó y no tardó en aceptar la propuesta de Guillermo, le alquilaría el piso por un mes y el mismo Guillermo se encargaría de cazar a cualquier maleante que pudiera ocuparlo, al fin y al cabo era Guillermo el primer interesado en espantar a los intrusos ruidosos.

Firmaron contrato y al llegar la noche Guillermo pudo visitar el piso. Estaba vacío y limpio, los únicos muebles que lo ocupaban eran los de la cocina y el baño. Ninguna señal de actividades extrañas. Ninguna huella visible. Quizá el bromista sólo entró en la casa la noche anterior para hacer la puñeta a Guillermo.

Después de cenar, Guillermo se acostó con la idea de esperar a oír las voces o ruidos que delatarían al allanador. En tal caso correría al otro piso para sorprenderle. En el suelo, junto a su cama, puso un cuchillo largo de cocina. Esta vez no se acostó desnudo, aunque el calor le obligó a desprenderse de todo menos de un pantalón corto. La tensión le mantuvo despierto durante horas. Visionó, como el director de cine al final de un día de rodaje, todos los planos posibles, todos los movimientos, las distintas réplicas, todos los escenarios imaginables que podrían darse tras su entrada en el piso vecino. Finalmente llegó el sueño y la voz sonó

¡Raca!

Saltó de la cama y salió al pasillo olvidando el cuchillo y las llaves del otro piso. Entró a por las llaves y decidió no perder más tiempo volviendo al dormitorio a por el cuchillo. Con las manos convulsas abrió la puerta de la casa vecina y corrió hacia la habitación que lindaba con su dormitorio. No había nadie. Con la misma prisa recorrió una a una todas las habitaciones. Nadie. Salió al pasillo del portal y miró a derecha e izquierda. Nadie. Allí se detuvo, en el pasillo, sosteniéndose con una mano la barbilla, y en unos segundos resolvió el próximo paso.

En la casa de Guillermo había un colchón que los antiguos dueños habían dejado. Guillermo lo arrastró hasta el portal, cerró con llave su casa y empujó el colchón hasta el otro piso. Una vez dentro cerró con llave y, tirando el colchón sobre el suelo de la habitación contigua a su dormitorio, se acostó sobre él. A pesar de estar en casa extraña, el sueño vino rápido, y con él la voz

¡Raca!

Sobraba encender la luz, ya que había localizado directamente de dónde venía la voz. De la pared que le separaba de su verdadero dormitorio. Por lo tanto, el otro debía de estar allí, en la casa de Guillermo. Temiendo que el desconocido hubiera descubierto el cuchillo que dejó junto a la cama, pero poseído por una furia desbordante, corrió hacia su casa y entró en ella tras haberse hecho un lío tremendo con las llaves. En el dormitorio no había nadie, el cuchillo milagrosamente estaba en su sitio. Miró debajo de la cama, detrás de los pocos muebles diseminados por la casa, abrió las cajas más grandes, apartó pilas de libros, y todo esto murmurando ¡Raca, raca! con los dientes apretados. Cuando se dio por vencido, se dejó caer al suelo en medio del salón y se quedó dormido allí mismo, justo en el mismo momento en que supo claramente cuál era el origen de la voz que desde el salón no podía oír.

Al día siguiente compró machota y cincel y empleó el resto del día en hacer un agujero en la pared. A partir del punto de donde partía la voz que tenía grabada en la mente, trazó una circunferencia de medio metro de radio y derribó el tabique contenido en el trazado. Al anochecer encendió las luces de la habitación del otro piso y las de su propio dormitorio. Se acostó en la cama, de lado, mirando hacia la izquierda, a través del boquete podía ver la habitación del otro piso. Ya el sueño le llegaba rápidamente de puro agotamiento, ya con él llegaba la voz

¡Raca!

Menos que el más desvelado entre los insomnes tardó Guillermo en abrir los ojos. El agujero estaba limpio, no era más que un agujero y no fue menos agujero cuando Guillermo saltó de la cama y asomó la cabeza a través de él. La habitación del otro lado hubiera estado desierta de no ser por los escombros esparcidos por allí debajo de la cabeza asomada de Guillermo. Decidido a obtener una prueba más, se tumbó en la cama y esperó el sueño, había aprendido a invocarlo y casi podía hacerlo con los ojos abiertos

¡Raca!

Aunque estaba seguro de que la voz procedía del agujero, no tenía Guillermo más remedio que exigirse una última prueba, pues no es la ciencia otra cosa que la acumulación infatigable de pruebas sumada al continuo descontento y al rechazo de cualquier tipo de certeza personal. De tal forma que se trajo una silla del salón y la puso junto a la pared. Se sentó en ella y comprobó que una de sus orejas coincidía aproximadamente con el punto del que emergía la voz, y que ahora no era más que un espacio abierto hacia la otra casa. Pensó, con insólito buen humor, en la posibilidad de que el bromista entrara a la otra casa y le viese la cabeza adormilada a través del agujero, con toda seguridad no volvería más. Un problema era la postura, no podría coger el sueño si no apoyaba la cabeza, en el peor de los casos podría caer de lado y atravesar el agujero con la cabeza por delante. Encontró la solución en la almohada de la cama y un tablón de un mueble por montar. El tablón encajó verticalmente en el hueco entre el asiento y el respaldo, de forma que la presión de la espalda de Guillermo lo mantenía rígido, con un extremo apuntalado contra el suelo y el otro a una altura considerablemente superior a la de su cabeza. La almohada fue estrujada en su extremo inferior por el asiento y el culo de Guillermo, y subía en vertical, entre el tablón y su espalda, hasta su cabeza. Satisfecho, Guillermo así sentado fue alcanzado por el sueño, y por la voz

¡Raca!

junto a su oreja, pegadita a ésta, exactamente a la altura de su oreja y en el espacio vacío practicado en el muro por Guillermo. Al levantarse sobresaltado la silla cayó al suelo, y con ella la almohada y el tablón, produciendo enorme estrépito. Alguien gritó algo desde el piso de abajo. Guillermo le contestó ¡Raca! instintivamente, pero arrepintiéndose de inmediato. Si algo le preocupaba era tener problemas con los vecinos y que le tacharan de gamberro.

Lo que a Guillermo le quedó ya muy claro es la procedencia exacta de la voz. No venía de la casa vecina, ni de la pared que la separaba de la suya. Partía de ese punto preciso en el espacio que por mucho que Guillermo tratase de examinar no ofrecía otra vista, ni otro color, ni otra textura, que las de la pared de enfrente de la habitación de al lado si lo miraba desde ésta, ni otra textura, otro color, otra vista, que las de la pared contraria de su dormitorio si lo miraba desde aquélla.

Conociendo esto observó Guillermo que ya no podría pegar ojo hasta extirpar el origen de tan desagradables exclamaciones, de manera que se vistió, cogió dinero y salió a la calle, sin darse cuenta de que eran las cuatro de la mañana.

Volvió dos horas después, con una enorme jeringa, una lámpara también muy grande, redonda y más gorda que la propia cabeza de Guillermo, un bote de silicona y un trozo de corcho. Obviaremos el recorrido que Guillermo a estas horas de la madrugada tuvo que hacer para adquirir objetos tan dispares. Con no pocos problemas se encaró para convencer al farmacéutico de guardia de la importancia y urgencia que podía tener una jeringa tan grande, la más grande del establecimiento, evidente al menos era que no es para drogas, y ese fue su más firme argumento. El resto fue obtenido en tiendas nocturnas de oscuros manejos, donde la venta de silicona, una lámpara y un corcho era con mucho la menos sospechosa de las ventas.

Hacía tiempo que amaneció cuando Guillermo concluyó su trabajo. En el centro del agujero, todavía oscilando levemente, estaba suspendida la gran tulipa redonda y de cristal de la lámpara. Colgaba de un hilo de pescar atado a un cáncamo atornillado a un ladrillo del borde superior del agujero. La base abierta de la tulipa estaba tapada herméticamente con un pedazo del corcho empotrado en ella a la perfección. En el corcho introdujo Guillermo la aguja de la jeringa y, tirando lentamente del émbolo, extrajo con mucho cuidado el aire de la tulipa, taponando rápida y hábilmente con silicona el pequeño agujero producido por la aguja. Haciendo el vacío dentro de la tulipa, había logrado Guillermo atrapar en la jeringa el manantial de donde fluía la voz. Si viese cumplida su teoría, sólo tendría que arrojar la jeringa bien lejos de su casa. Para comprobarlo, puso la jeringa en la esquina de la cama más alejada del agujero de la pared, y se dispuso a dormir sabiendo que localizaría rápidamente el origen de la voz. Si lo oía por la derecha, la voz había quedado definitivamente encerrada en la jeringa, si venía desde la izquierda, nunca podría mover la voz de su sitio, del agujero de la pared, de la tulipa. Esperanzado en la primera opción, Guillermo se durmió

¡Raca!

La voz vino de la izquierda, del agujero en la pared, de la tulipa. Guillermo lo aceptó con calma. Sólo le quedaba un recurso. Puso la silla junto a la pared, el tablón de pie entre el asiento y el respaldo, la almohada entre el tablón y su espalda. En estas condiciones consiguió arrastrar la silla hasta acercarla al agujero todo lo posible. De un tirón sacó el corcho que taponaba la base de la tulipa y, con no poco trabajo, metió la cabeza dentro de ella.

La posición era un poco incómoda, pero el sueño acabó venciéndole y, en el momento adecuado, Guillermo dijo
¡Raca!

© Pedro Campos MoralesVolver a la página anterior


 

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